En el Centro de Artes Musicales, nuestros profesores suelen decir que la música es solo el vehículo. Lo que realmente importa son las lecciones de confianza, conexión y crecimiento que se aprenden en el camino. 

Una profesora, Becca Kronyak, que trabaja con niños desde un año de edad hasta la escuela secundaria, ha visto esta transformación desarrollarse innumerables veces.

En nuestras clases de First Steps in Music, los niños pequeños llegan tímidos y vacilantes, a veces incluso silenciosos. Los padres también pueden sentirse inseguros a la hora de participar. Pero con el tiempo, algo cambia. «Teníamos un niño que se sentaba en un rincón semana tras semana, sin apenas levantar la vista», recuerda Becca. «El último día, cantó todas las palabras y bailó todos los pasos. Sus padres se quedaron asombrados: cuando parece que no pasa nada, en realidad están pasando muchas cosas». 

Estas clases no solo preparan a los niños para la música, sino que los preparan para la vida al enseñarles el valor de compartir, socializar y disfrutar en comunidad.

A medida que los alumnos crecen, las clases de música se convierten en un lugar para el autodescubrimiento. Un niño, atraído por el reto, pasó de piezas para principiantes a Mozart. Otro alumno de secundaria, inicialmente callado y retraído, ganó confianza al aprender una canción de Olivia Rodrigo y interpretarla en el escenario tras solo unos meses de clases. 

Cada una de estas historias revela cómo la música fomenta la resiliencia, la creatividad y el coraje.

Las lecciones más profundas se producen en las relaciones entre el profesor y el alumno. «Si la relación es lo primero, todo lo demás resulta más fácil», explica Becca. Cuando los niños se sienten seguros para asumir riesgos, descubren su propia voz, a veces literalmente, a veces a través de las notas en una página. 

En el Centro, la música es más que una habilidad; es un camino hacia la confianza, la comunidad y el sentido de pertenencia.

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